Siguiendo la tradición

Para mí se ha convertido en parte de una grata tradición participar en la presentación de las obras del escritor Lenin Solano Ambía. Esta tradición comenzó con un interesante libro de cuentos titulado Carta a una mujer ausente que – como afirmé aquella vez – marcaban el inicio de un escritor que iría consolidándose paulatinamente como una firme  voz en la narrativa peruana.

Recuerdo que no fui del todo halagüeño aquella vez. Y tengo claro que Lenin asumió las pocas y sutiles críticas que dejé entrelíneas en esa oportunidad. Las aceptó  con la madurez y la grandeza de los escritores por vocación. Después de todo, una apreciación objetiva es ciento por ciento mejor para el escritor  pues le permite pulir su estilo y sus siguientes propuestas  y, al crítico,  le da la suficiente credibilidad para aceptar sus siguientes juicios como el producto de una apreciación objetiva, al menos desde su particular punto de vista. De tal manera que cuando este diga que la obra tiene méritos pues, efectivamente, la tiene.

En cumplimiento de la tradición de ser parte de la presentación de las obras de Lenin, fui parte de la mesa que oficializó su novela No le reces a los muertos. Novela en donde el escritor alcanza a explorar con habilidad eficaz la sicología de sus personajes. Una novela de género policial o detectivesco. En este caso, el despliegue de su arte narrativo dejaba notar a un escritor de largo aliento que se sentía mucho más cómodo en el espacio amplio de una novela. El género policial que necesariamente exige una atmósfera de suspenso, un misterio por resolver y la presentación de las claves para resolver dicho misterio, pero con la habilidad suficiente como para mantener el clima de tensión casi hasta el final de la obra había sido el ámbito elegido en donde Lenin Solano se había desenvuelto con acierto. La novela mostraba a un lector disciplinado del género policial, a un lector que había leído dicho género con lápiz en mano, listo para anotar todas las lecciones que pudiera recoger de sus lecturas para luego aplicarlas o negarlas en su acertado proyecto de novela.

Bueno, ahora me toca otra vez, ser parte de esta mesa que presenta su más reciente obra Cada hombre tiene un sueño y reitero mi alegría por ello.

En este caso debo hacer un previo para sustentar la validez de esta nueva obra. Y antes de ello, confirmar que el escritor ahora navega en busca de nuevos horizontes narrativos que le permiten expresar sus ficciones en arriesgados formatos,  diferentes, innovadores y con sutiles juegos de entrevero entre la realidad y la ficción.

Claro, después de todo, qué es un cuento y una novela, sino la hábil  treta de presentar ficciones con apariencia de verdad, o más dramático aún, presentar la realidad como si fuera una juego de fantasía, de manera que la línea que separa a ambas queda tan difusa como la propia conciencia que tenemos de lo real y lo ficticio. He allí el gran mérito de la literatura: te permite indagar por todos los terrenos de la realidad sin la pesada cruz de la objetividad. En la literatura se puede hacer historia, crítica, predicción, reinterpretación tanto de lo pasado, de lo presente así como del futuro. Se puede reinventar el mundo, y en ese camino se puede agregar o quitar personajes, tiempos, anécdotas, fechas, datos,  siempre y cuando contribuyan a la solidez del relato. Se puede hacer todo esto. Mejor dicho se puede mentir artísticamente  siempre que se cumpla algunos mandamientos; como por ejemplo, el principio de la verosimilitud. Principio que te permite ficcionar, básicamente, todo. Tan solo con la condición de que parezca posible. Una mentira con toda la apariencia de verdad. Una mentira convincente.  Ahora bien, cumplir este principio no resulta una tarea sencilla, y marca, pues, el talento de un escritor. Cumplir con esta demanda de verosimilitud implica que el escritor deberá investigar todo lo posible sobre la realidad que quiere replantear. Lo obliga a buscar toda la documentación objetiva posible de manera que cuando deba ficcionar, esta narración tenga cubiertos todos los resquicios posibles y el lector se encuentre con una historia que desde todos los ángulos tienen la solidez de una verdad “literaria”. Ahora, obviamente, a todo lo dicho hay que agregarle el talento del escritor para poder hallar las mezclas exactas de realidad e invención que permitan una narración convincente para el lector.

Ahora bien, el asunto se complica más  cuando –como es el caso de este nuevo trabajo de Lenin Solano Ambía –  se cogen abiertamente hechos de la realidad, historias acaecidas y documentadas de fácil acceso para  cualquier persona y se ficciona a partir de ella. La reciente obra de Solano ha escogido a personajes reales y ha usado acontecimientos que han marcado la vida o la muerte de estos personajes para “recontar” sus vidas, y, en el camino, agregar los incidentes complementarios que elevan dichos sucesos a la categoría de literatura.

Ha escogido personajes tanto de la historia antigua como contemporánea que han marcado su vida con algún acto de rebeldía contra lo convencional  y, en ese marco,  se ha introducido hábilmente en la vida de cada uno de ellos para abrirnos una ventana hacia el mundo interior de cada personaje. En su obra se relata los momentos finales de delincuentes como José María Jarabó, español ajusticiado por sus estremecedores crímenes allá por los años cincuenta; así como el inusitado caso de la conductora Christine Chubbuck quien se suicidó frente a las cámaras de televisión ante la sorpresa de los televidentes de esa hora. Solano también ha tomado a personajes de mayor trascendencia histórica como Vladimir Ilich Ulianov. Es decir, el otro Lenin, el revolucionario que – cosas de literatura – aparece revitalizado en este Lenin, el escritor. Personajes como Jesús de Nazaret, de quien siempre habrá  mucho que contar.

Ahora bien, para no cometer delito de infidencia y desteñir la emoción que cada quien encontrará al leer el presente libro justo cuando se  encuentre con estos y otros personajes, he de decir – desde la humilde apreciación de este presentador –  que Lenin Solano ha buscado interiorizarse en cada uno de ellos a fin de contar la historia desde el particular punto de vista de cada personaje. Esto le permite al lector  redimensionar la tragedia o hazaña de estos personajes, y conocer no solo su tragedia, sino las emociones y meditaciones de dichos personajes cuando enfrentaron tales situaciones.

Lograr esto, insisto, no es tarea fácil. Había que soldar las fisuras que deja la historia corriente con la habilidad de un orfebre  para que la historia parezca verosímil. Había que elegir una correcta voz narrativa. En muchos casos, el escritor ha elegido la segunda persona. Voz narrativa de complicado manejo porque se puede caer en el maniqueísmo y esto puede ser captado inmediatamente por el lector. También había que elegir el espacio y el tiempo exacto desde donde tomar la historia para mantener la tensión.

En este sentido, debo afirmar que dichas demandas se cumplen acertadamente en este libro.

Cada hombre tiene un sueño  es un viaje por la vida interior de personajes históricos justo en el momento de su gran momento o de su gran despedida. Es un viaje por esos momentos trascendentes, pero desde dentro de cada uno de ellos. Libro contado en un formato narrativo original,  que deja claro que el escritor sigue experimentando en la búsqueda de una propuesta narrativa que le permita seguir contando sus historias cada vez con mayor certeza.

Los invito a leer este reciente trabajo y felicito a su autor y espero, con ansias, su siguiente novela. Y claro, también espero que sigamos con la grata tradición de estar como siempre presente en ese momento.

Richar Primo Silva

Crítico literario

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